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Intervención de Ernesto Pedrosa no terceiro acto de Recoñecemento ás empresas que colaboran coa UVigo

11 06 2013. Categorías: Discursos, Discursos 2013

INTERVENCIÓN ERNESTO PEDROSA

“Buenos días,

Damos comienzo a un acto singular dentro de la universidad española. Tan singular como necesarios, y tan necesario como insubstituible.

Por eso, como presidente del Consello Social da Universidade de Vigo, es para mí una obligación y una satisfacción, empezar por darles la bienvenida a este acto y agradecerles su presencia.

Debo recordar también con afecto a cuantos no pueden estar hoy aquí, pero tienen acreditado de sobra su compromiso con esta causa.

La mayor gratitud también a quienes nos honran con su presencia en esta mesa:

- Al Rector magnífico dela Universidad, Salustiano Mato;

- a Antonio Fontenla, en representación de los empresarios gallegos;

- al Secretario general de Universidades, José Alberto Díaz de Castro

- y de manera especial al invitado de honor, Paolo Vasile, que desde el primer momento acogió nuestra invitación como si de un acto de fe se tratase.

En el Consello Social de la UVigo somos conscientes de ser un órgano de gobierno y tenemos una implicación firme con esta responsabilidad, sobre todo con la que nos encomienda que la universidad y la sociedad hagan planes conjuntos y tengan horizontes compartidos. Y esto es así, más que nunca, en esta etapa histórica, en la que la universidad, en el nuevo escenario, ha de asumir su liderazgo y se ha de redefinir con un nuevo modo de relacionarse, porque está pasando de la universidad de la cantidad a la de la calidad, y de los mercados protegidos a los competitivos. No olvidemos que en España hay 236 campus y se imparten más de 2.500 Grados.

Y todos estamos convocados a diseñar este nuevo escenario, quizá el mayor cambio en los 900 años de las universidades, en el que los alumnos ya no será sólo jóvenes, en el que las enseñanzas no serán únicamente presenciales, en el que la formación será continua, en el que la geografía de la formación no tendrá límites y en el que las nuevas tecnologías, los nuevos competidores online y las políticas sociales anticipan una universidad tan inexplorada como imprescindible para afrontar la incertidumbre.

Casi nadie discute que el futuro está basado en la buena formación de los profesionales, y ésta debe ser la base del desarrollo social de los pueblos. La formación es pues la misión básica de las universidades y el conocimiento su mejor herramienta. A partir de ahí se debe innovar, transformar ese conocimiento para dar soluciones a los nuevos problemas que crean los cambios constantes.

Pero hay un elemento al que otorgo singular importancia en la misión de las universidades, la formación de ciudadanos con espíritu crítico, instruidos, solidarios, libres y comprometidos. La universidad no debe desatender la formación educadora y humanística, no debe ser ajena a los grandes problemas que se ciernen sobre el mundo globalizado al que viajamos más deprisa de lo aconsejable.

Pero en estos tiempos de turbulencias y distracciones debemos estar atentos para que la universidad no pierda lo que le es esencial: su carácter de pública, su condición de abierta y el esfuerzo preciso por mantener la máxima calidad. Y debemos estar atentos desde la sociedad porque el sistema universitario público ha sido clave en momentos críticos y en los cambios de época, y volverá a serlo. No es sólo por el empleo, no es sólo por la economía, es también – y sobre todo- por el valor social del crecimiento, donde las universidades tienen ahora el mayor reto para influir en el modelo de mundo que está por llegar, porque toda evolución se debe al conocimiento.

Hoy la educación tiene que aspirar a realizar la conexión entre lo que se sabe o se puede llegar a saber, con lo que se hace o se va a poder hacer. Eso es lo que nos hace competentes y por lo tanto capaces de transformarnos para tener más poder de resolución ante lo que se nos presenta. Porque una cosa es saber algo y otra distinta prepararse para hacerlo. Esta capacidad de aprender (lo que se llama el saber) es también una de las competencias que más valoran las empresas. Los indicadores dicen que importa tanto o más que los conocimientos adquiridos a la hora de acceder al mercado laboral.

Y no es ésta una reflexión nueva en el ámbito de la formación, porque ya Confucio dejó dicho hace 2.500 años: “Me lo contaron y lo olvidé; lo ví y lo entendí; lo hice y lo aprendí”. Magistral reflexión que 25 siglos después nos devuelve al mismo punto.

Pocas instituciones han sido tan inspeccionadas, analizadas, controladas y comparadas como las universidades. Los datos y las interpretaciones son inagotables. No quiero traerlos aquí, pero permítanme un pequeño ejemplo y una breve reflexión de uno de los muchos cambios profundos que operarán sobre las universidades.

Las estimaciones oficiales calculan que en Europa, en 2020, sólo un 15% de los puestos de trabajo serán de baja cualificación. En España, actualmente, el porcentaje de adultos que sólo tiene estudios primarios triplica esa cifra. Será necesario un colosal esfuerzo para elevar esa cualificación. Ahí será imprescindible la universidad, que deberá colocar en una posición prioritaria y estratégica la formación continua y el reconocimiento de competencias adquiridas por aprendizaje o por experiencia laboral, la actualización profesional y la incorporación de quienes no pudieron cursar estudios universitarios en su momento. La responsabilidad social y económica de sacar a un país de la postración educativa no es pequeña.

Así pues, ante estas perspectivas, no puede seguir habiendo discursos de sospecha y desconfianza entre la sociedad y la universidad. Para los Consejos Sociales es una obligación y una vocación poner en contacto a ambas partes y eliminar las zonas oscuras. Y esto no será posible mientras la oferta universitaria y las necesidades sociales no se aproximen. Con equilibrio y por caminos limpios. En los que la educación se base en el aprendizaje. En los que la investigación y la transferencia que nace en la universidad convierta a la institución en agente de producción y generador de riqueza…pero sin olvidar la formación humanística y la labor de cohesión social que también corresponde a la educación superior.

Queremos que la mejora de las prestaciones universitarias y las esperanzas de los ciudadanos caminen juntas, y que la calidad y la rentabilidad de los recursos empleados en la enseñanza superior alcancen niveles óptimos, del mismo modo que aspiramos a que la sociedad confíe e invierta en su universidad. Los Consellos Sociales pedimos eficacia y transparencia, pero también anunciamos nuestra determinación para trabajar a favor de ese entendimiento sin suspicacias, lealmente, con rigor y con confianza.

Creo honestamente que tenemos en general y en particular una excelente universidad. Y pongo algunos ejemplos que lo avalan: Los Campus de excelencia (como el del Mar en Vigo) llamados a competir a nivel mundial, posibilitan la colaboración entre universidades, empresas y agentes sociales con intereses comunes, con titulaciones conjuntas y una mayor integración de las empresas en la gestión conjunta del conocimiento. El impacto de la renta en el entorno de las universidades llega a alcanzar valores de triplican lo invertido en ellas; un título proporciona 17 puntos diferenciales de ventaja para encontrar trabajo, antes y más estable, y entre 6 y 7 puntos para un contrato indefinido o para convertirse en directivo de una compañía. Y si nos ceñimos a Vigo, según el reciente estudio dirigido por Luis Espada, el 84% de los titulados tarda menos de un año en encontrar trabajo (y como dato curioso destaca también por el elevado porcentaje de alumnos de más de 30 años que realizan un Master –uno de cada tres- el más alto de las universidades gallegas y que marca una tendencia del nuevo alumnado universitario).

Por ello convocamos este acto. Porque la universidad es de todos, porque queremos estrechar las diferencias entre la universidad real y la que se percibe, y animarles como empresarios a fraguar compromisos en esta dirección, porque aunque la universidad reporta una mejor formación intelectual y profesional que nos conducirá a más altos niveles de cultura cívica y a mayores cotas de bienestar. Porque la universidad y la empresa se ignoren, vivan de espaldas y no colaboren, es un despilfarro que no nos podemos permitir.

Y en línea complementaria con ello, el Consello Social, en colaboración con la UVigo pondrá en marcha el próximo curso un proyecto de emprendimiento, que cultive y aliente el espíritu emprendedor, que tiene como objetivo que todos los alumnos que entran en la universidad tengan la oportunidad de acercarse progresivamente al mundo del emprendimiento y adquirir una formación en ese ámbito, que abordará el proceso entero de la gestación y desarrollo de proyectos emprendedores; que lo desarrollen los alumnos desde el principio de sus estudios, pero antes de poseer una experiencia laboral; un ecosistema que no frustre expectativas, que incorpore un aceptable nivel de tolerancia al fracaso y que facilite un clima propicio para el desarrollo de actitudes y hábitos mentales favorables a emprender.

Convocamos también este acto porque ustedes (academia, profesionales, empresarios y administradores públicos) demuestran con su presencia la fuerza suficiente para afrontar el reto y la sensibilidad necesaria para encontrar el camino del cambio, porque, como decía Ramón y Cajal hace ya 120 años, refiriéndose a la universidad: “hay pocos hombres capaces de ser cirujanos de sí mismos, el bisturí salvador deben manejarlo otros”.

Así que estimo transcendente estar hoy aquí. Porque conocer la universidad, acercarse a ella, desentrañar sus propios ritos, su peculiar lenguaje, el modo en que esta institución adorna, arropa y desarrolla sus acontecimientos más solemnes, en cumplimiento del mandato que recibe de la sociedad como guardadora del saber, crea cultura, fomenta la convivencia y acrecienta las esperanzas.

Y lo convocamos, en fin, porque la confianza se gana, y los Consejos Sociales queremos pensar a largo plazo y ser útiles, bien para intervenir, bien para operar como escudos que faciliten la toma de decisiones difíciles, a menudo en procesos complejos, y con frecuencia en escenarios frágiles. Para prescindir de la mirilla desde la que tan a menudo todos observamos a la universidad y abrir una puerta franca y abatible. Porque creo que las universidades no alcanzaran plenamente sus objetivos hasta que consigan ser material informativo fluido y transparente, hasta que la sociedad las entienda, las integre, las quiera y las sienta útiles.

Porque, en definitiva, no hay caminos para la educación; la educación es el camino. Y universidades buenas habrá muchas en el mundi (unas 17.000), pero nosotros ya tenemos una, la nuestra, la que nos hace mejores, con la que reanudamos hoy nuestro futuro.

Muchas gracias.”